Sobre la ley del etiquetado y el sentido común

etiquetado.jpg

Hace ya una semana que entró en vigencia la famosa “Ley del Etiquetado”, y todos están hablando de ella. La idea del Minsal es avanzar en la reducción de las cifras de obesidad en Chile, que son más que alarmantes. Las estadísticas del ministerio dicen que 1 de cada 11 muertes en el país son atribuibles al exceso de peso, y que además el 50% de los niños que cursan primero básico sufren de sobrepeso u obesidad (horror).

La idea de la ley es informar a la población sobre los alimentos que contienen mayor cantidad de calorías, grasas saturadas, azúcares añadidas y sodio, todos elementos que el ministerio ha calificado como perjudiciales para la salud, o al menos a los que hay que prestar atención, ojalá evitar.

No me voy a meter en temas nutricionales, no porque no soy nutricionista, sino porque es un tema de discusión que da para mucho y para el que no hay respuestas claras. Pero sí puedo decir que no es tan simple, al menos en el tema de las grasas saturadas y las calorías. Es increíble lo poco que se sabe realmente de nutrición y el poco consenso que existe respecto al efecto de la comida en nuestro cuerpo. Lo que quiero es que analicemos qué es exactamente lo que buscamos con esta normativa, y cuál es realmente su aporte.

Tengo que dejar claro, primero, que estoy de acuerdo con que existan medidas como esta, sin duda es un avance enorme. Mejor dar pequeños pasos que no ocuparse del tema en lo absoluto. Definitivamente. Me parece excelente que se restrinja la venta de alimentos poco saludables en establecimientos educacionales, y creo que era absolutamente necesario que se regulara el uso de “ganchos” publicitarios para su venta a los niños. Pero no sé si el enfoque del etiquetado en sí es el correcto, y por varias razones.

Muchos se han sorprendido al encontrar que alimentos “light” o “diet” han sido etiquetados como altos en azúcar (¡mermeladas sin azúcar altas en azúcar!) o en sodio. Alimentos que han consumido durante años pensando que eran más sanos. Ojo: que “no engorden” (insisto, no hay nada definitivo respecto a por qué subimos de peso) nunca ha significado que sean más sanos. Y el problema es que estas medidas han provocado que las empresas hayan decidido hacer cambios en la fórmula de sus productos, sustituyendo el sodio y el azúcar, o las grasas, con químicos que probablemente no podríamos pronunciar. Lo he conversado con personas que trabajan en la industria, y están de cabeza reformulando los productos.

No sé ustedes, pero confío mucho más en un alimento alto en grasas naturales que una torre de ingredientes que nuestro cuerpo no es capaz de procesar. Un ejemplo muy claro de eso es la guerra de la mantequilla vs. la margarina. Esta última surgió en los ’50 cuando se decretó que las grasas saturadas eran las culpables de la pésima salud cardiovascular de la población. Se reemplazó la grasa natural animal de la leche por aceites vegetales hidrogenados, un proceso que solidifica esos aceites, pero que de paso estimula las grasas trans, altas en radicales libres causantes del cáncer y peores todavía para la salud cardiovascular. Entonces, ¿qué es mejor? El remedio fue mucho peor que la enfermedad.

Siento que la conversación no está apuntando adonde debería. La famosa discusión sobre la Cajita Feliz de McDonald’s me parece el ejemplo más claro. ¿Cómo es posible que siquiera se pueda discutir si es un alimento saludable o no? Todos sabemos que no  lo es, y eso no depende de la cantidad de grasas saturadas, sodio o azúcares que tenga. Tiene que ver con el origen de los productos, y el proceso absurdo por el que pasan estos alimentos antes de llegar a la mesa del consumidor. Porque es cosa de sentido común: no es lo mismo comer en un local de comida rápida como McDonald’s que comer una hamburguesa con los mismos ingredientes pero hecha en casa. Eso todo el mundo lo sabe, o lo intuye al menos, y es porque nadie sabe cómo se preparan los alimentos de comida rápida y qué contienen realmente. Me da una pena enorme leer declaraciones como las de la Ministra de Salud Carmen Castillo, que reduce la discusión a algo tan sencillo como los números en una etiqueta nutricional: “Todo depende, porque si logran tener bajo los límites los elementos que vienen contenidos en la ‘Cajita’, sería posible que la pudieran entregar”. Que cumpla con los estándares del ministerio no va a lograr que sea más sano.

Hay alimentos saludables que siempre van a ser altos en calorías (como los frutos secos y los aceites), o en grasas saturadas (como el aceite de coco o los huevos), y siempre van a ser preferibles por sobre un alimento “light” que no sabemos cómo se hizo, pero estas etiquetas probablemente van a alejar a personas que, con la mejor de las intenciones, buscan alimentarse mejor. Porque la verdadera solución a todos estos problemas tendría que ir mucho más allá y EDUCAR sobre un punto que no es más que sentido común: tenemos que comenzar a comer alimentos más naturales. Mirar las etiquetas de los alimentos y elegir los que tengan menos ingredientes (podrían establecer una etiqueta que diga “alta en ingredientes de laboratorio”, ¿no creen?), y ojalá que ni siquiera tengan etiquetas: que el ingrediente sea el alimento. No que sean orgánicos, ni integrales, o sin azúcar: que sean alimentos de verdad. No se trata de no comer galletas: se trata de hacer las galletas tú mismo. Saber qué estás comiendo. ¿Se entiende?

Insisto en que es un avance. Me alegro que esté abierta la discusión. ¿Pero quién le enseña a la gente que “integral” no quiere decir que no engorde y que “sin azúcar” no significa que no tenga azúcares escondidas, o cosas peores? ¿Quién le enseña a la población a cocinar nuevamente y a volver a apreciar la cocina como parte fundamental de nuestra cultura? ¿Cuándo vamos a comenzar al menos a conversar sobre la industria alimentaria y sus prácticas? ¿De dónde viene la carne, la leche, los huevos que comemos, y cómo se producen? Todo esto debiera ser tema de discusión, y sólo lo es en círculos pequeños, porque el lobby en la política alimentaria es feroz. Y lo peor de todo es que todos sabemos que algo no anda bien y no hacemos nada.

Hagamos algo. Volvamos a la cocina. Volvamos a comprar en la feria. Conozcamos a los productores, o al menos, cuestionémonos de dónde viene lo que comemos. Ese sí que va a ser un avance, y uno de verdad: a largo plazo, un cambio cultural e incluso un paso a una industria más sustentable. Hagámoslo por nuestro propio bien, y por el de nuestros hijos.

Anuncios

5 comentarios en “Sobre la ley del etiquetado y el sentido común

  1. cristianhcd (@cristianhcd) dijo:

    la ley de etiquetado nutricional es mala para quienes saben del tema, pero… y es un gran pero… es la mejor política nutricional jamás creada, y creo que debe ser una de las mejores leyes enfocadas en el usuario final de estas “leyes”
    La ley no se da vuelta en minucias, sólo se enfoca en que entiendas que más cositas negras = malo… lo que es entendible para todos, sin pasar por la escuela, instituto o universidad, por lo que es genial.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s